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jueves, 9 de agosto de 2007

!NO SOY ECUMÉNICO!, por favor, no me ofendan

En junio del 2006 se celebró en Buenos Aires, para más señas, en el centro cultural más importante de la ciudad, el Luna Park, un encuentro de la Comunión Renovada de Evangélicos y Católicos en el Espíritu Santo, CRECES. Encuentros como estos son cada vez más comunes, en los que católicos y católicas del movimiento carismático, se reúnen en un mismo lugar con evangélicos y evangélicas pentecostales para celebrar su experiencia de fe. Cantan, oran, predican, danzan y celebran con alborozo la dicha del Espíritu. Allí no valen las prevenciones de los obispos ni las advertencias de los pastores. Se reúnen, y punto; con o sin los obispos, con o sin los pastores.

Lo nuevo en esa ocasión fue la presencia de Marcos Witt, el conocido músico cristiano. Cantó y encantó. Era fácil ganarse la simpatía de un auditorio repleto de entusiasmo. Siete mil personas estuvieron aquella noche, incluso el cardenal Jorge Bergoglio, de Buenos Aires, quien recibió de rodillas la bendición de los presentes. El inconveniente vino después y fue para el músico mexicano cuando un periodista chileno escribió un artículo con el título "Marcos Witt y el ecumenismo: Quiero caminar por esta vereda diferente" (a mí, la última frase me suena a bolero cubano). El periodista "culpó" a Witt de ecuménico, y éste contraatacó diciendo que la noticia era amarillista. En la carta de respuesta escribió que se había cometido un grave error al anunciar que había cambiado de "rumbo ministerial hacia un ecumenismo eclesiástico, cosa que no puede ser más lejos de la verdad". Y añadió: "soy cristiano, evangélico y firme seguidor de Jesucristo. El hecho de que alguien cuestione eso no es solamente ilógico, sino ofensivo”.

Me pregunto, ¿será que Witt no sabe lo que significa ser ecuménico? Parece que no, porque miren ustedes como usa la palabra ecumenismo como antónimo de cristiano y de seguidor de Jesús. Es seguro que no conoce lo que eso significa puesto que se siente ofendido con el calificativo y aclara que sólo quiso "actuar con respeto y apelando al diálogo y a la comprensión".

Pero seamos sinceros. La mayoría de evangélicos y evangélicas —por lo menos por estas tierras de Colón— huyen, se asustan y les produce pánico paralizante la palabreja "ecumenismo". Es cierto. En años pasados ser ecuménico era sinónimo de ser comunista (y esta última palabra no sólo produjo susto, sino que condujo a la persecución y a la “caza de herejes”); después pasó a significar ser teólogo de la liberación (aunque la verdad es que muchos de ellos no fueron los más ecuménicos); ahora resulta que significa ser un traidor a la causa Jesús y dejar de ser “embajador evangélico del Cuerpo de Cristo”.

Mi vieja profesora de castellano nos enseñaba la diferencia entre significado y significante. Decía ella que el significante es el contenido semántico de la palabra y lo que de ella se dice en el diccionario, y el significado la representación psíquica que produce el mismo término. Para nuestro caso, una cosa es lo que el diccionario dice acerca del ecumenismo (significante) y otra la que nos produce la palabra ecumenismo (significado) en el lenguaje corriente de nuestras iglesias. Veamos: el origen de la palabra ecumenismo proviene del griego oikoumene que significa “habitar”. Es, en su sentido literal, “la tierra habitada”. Está relacionada con una forma de concepción del mundo de manera amplia, universal, donde hay un lugar para que todos. En su sentido de “tierra habitada” se usa en el Salmo 24:1, en Lucas 4:5, en Hechos 11:28 y en Romanos 10:18, entre otros. En la tradición cristiana, de manera particular desde comienzos del siglo pasado, el ecumenismo designa las relaciones amistosas entre las diferentes Iglesias, la comunión fraternal entre los cristianos y cristianas y la búsqueda de caminos comunes para servir al mundo en el nombre de Jesús. Hasta aquí el significante; pero es diferente “la representación psíquica” que produce el término —¡que nos ayude Freud!—.

Reconozco que el término, en su significado, es ambiguo y resbaloso. Con razón cayó Marcos Witt (“cualquiera resbala y cae”). Dijo que no era ecuménico (lo fue por una noche), que eso lo ofendía, pero al mismo tiempo expresó que quería ser respetuoso, dialogante y comprensivo. Es decir, quiere ser ecuménico (desconozco con qué profundidad y por cuántas noches), pero sin que lo llamen ecuménico. ¡He ahí el embrollo!. Y yo, para mis adentro, pienso: me quedo con quienes de corazón quieran ser abiertos, generosos, se atrevan a dialogar y se arriesguen a trabajar juntos, aunque se ofendan cuando los llamen ecuménicos. Digo que prefiero a estos sobre algunos que por años han pedido que los llamemos ecuménicos (y hasta se ofenden cuando se les llama evangélicos), pero que en la vida diaria han dado muestras de estrechez y de falta de diálogo; los que en la práctica han hecho del ecumenismo una muralla de puerta cerrada con territorios propios para sus luchas de poder.

“Cuídese, Harold”, me decía un obispo en Aparecida, Brasil. “Entre nosotros hay muchos que se llaman ecuménicos, pero no lo son”. “Ya lo se, Monseñor”, le respondí, “es igual entre los nuestros”.

De los que se llaman ecuménicos sin serlo, ¡Líbranos, Señor! que de los que quieren serlo, aunque no les guste que les digan lo son, me libro yo. Líbrame, Señor, de los significados insignificantes. Ayúdame a trabajar con todos por los insignificantes del mundo. Amén.

Harold